Mi forma de acompañar parte de una mirada integradora y profundamente personalizada.
Concibo el acompañamiento terapéutico como un espacio de encuentro entre dos personas, en el que la presencia —el verse y no únicamente mirarse— y el respeto marcan el ritmo del proceso. No trabajo desde recetas ni protocolos cerrados, sino desde una atención cuidadosa a lo que cada persona trae y a cómo lo trae en cada momento.
Para mí, acompañar no significa dirigir la vida del otro ni señalar caminos prefijados, sino estar disponible para explorar juntos lo que se va mostrando, sostener lo que aparece y dar espacio a que la persona pueda comprenderse con mayor claridad y amabilidad.
Me gusta considerar la consulta como un lugar en el que se puede jugar a ser quien se es. En el mundo es frecuente que existan limitaciones sobre lo que uno puede o no ser, dejando partes importantes de la personalidad en segundo plano. Jugar es un verbo bonito en este sentido, porque nos permite salir de la obligación y dar lugar a lo que legítimamente llevamos dentro.
Me parece muy importante que cada sesión sea un espacio seguro, un lugar en el que se puede, no en el que se tiene que. Respeto tus particularidades porque son parte de lo que te define. No se trata de ayudar a vivir una vida de clones, sino una vida humana: imperfecta, bonita y triste a veces, dura en algunos momentos y también llena de alegrías.
La primera sesión: un primer paso real
La primera sesión no es solo un espacio para conocernos o recoger información. Es, desde el inicio, un espacio de trabajo. En ella exploramos qué te trae a terapia, cómo estás viviendo tu situación y qué necesitas en este momento, al tiempo que empezamos a entrar en el proceso.
Para mí es importante que desde el inicio puedas tener una experiencia real de cómo trabajo y del tipo de acompañamiento que ofrezco. Por este motivo, aunque no siempre ocurre, en algunas ocasiones la primera sesión puede alargarse ligeramente si el proceso lo requiere y así lo sentimos en ese momento.
También es un espacio para sentir si hay encaje: si mi forma de acompañar, el ritmo y el tipo de presencia que ofrezco pueden ser adecuados para ti y si te sientes a gusto.
Un proceso que se construye paso a paso
Cada proceso terapéutico es distinto, personal y particular. No sigue un esquema fijo ni una línea recta. Hay momentos de mayor claridad y otros de más confusión; tiempos de movimiento y tiempos de pausa.
Parte importante del trabajo consiste en poder habitar todos estos tiempos sin forzar, prestando atención a lo que va emergiendo, revisando conjuntamente lo que ocurre y ajustando el acompañamiento cuando es necesario.
El ritmo no lo marca un método, sino la persona y su momento vital. A veces el proceso pide profundizar; otras, simplemente sostener, comprender, revisar experiencias pasadas… Mi trabajo consiste en estar atento a esas necesidades y acompañarte con honestidad y cuidado.
Mi lugar como terapeuta
No me sitúo como experto en la vida de quien acompaño. Hay algo que haces mejor que nadie: ser tú. Por difíciles que sean las circunstancias, nadie puede vivir tu vida mejor que tú.
Mi papel es ofrecer una mirada externa, estar a tu lado, señalar lo que aparece, devolver preguntas, acompañar tu toma de conciencia y sostener el proceso cuando se vuelve más complejo.
Trabajo desde la implicación, pero también desde el respeto a los límites. No invado, no empujo y no decido por ti. El proceso es compartido, pero la dirección siempre pertenece a quien lo transita. Tu vida es tuya y no hay nadie que sea tan bien tú, como tú.
Un espacio cuidado en el tiempo
El trabajo terapéutico requiere tiempo y presencia. Por eso, las sesiones están pensadas para que haya espacio suficiente para entrar en materia con calma, sin prisas, y para sostener lo que aparece con cuidado.
Concibo cada sesión como un espacio que merece ser habitado con atención. No busco acumular sesiones, sino cuidar cada encuentro y el proceso que se va construyendo a lo largo del tiempo. Al fin y al cabo, una relación terapéutica es, en sí misma, una relación.